De periodismo y aviones I

Una de las razones por las que decidí hacerme periodista fue para conocer lugares y experiencias poco usuales sobre las que luego me encargaría de informar; contar qué ocurre detrás de las puertas de un palacio reconvertido en ministerio, cómo es la casa de un escritor o qué ocurre en la grabación de una serie; en definitiva, me gusta lo que se oculta.

En este sentido, he vivido algunas experiencias en los últimos meses que considero merecen la pena dejar constancia de ellas. Por momentos, han sido absurdas, divertidas y curiosas. Acontecimientos que contaré en cenas, bautizos y comuniones de “cuando fui periodista en una agencia de noticias…”. Podré alardear de que subí con el presidente de una de las mayores aerolíneas españolas a un avión y entré en la cabina. Ahí quiero llegar.

El primer acto fue a finales de marzo, principios de abril, no recuerdo, de este año. Acababa de entrar en la agencia de noticias en la que actualmente trabajo y me tocó cubrir la presentación de un avión porque, en resumidas cuentas, ninguno de mis compañeros podía ir.

En sí, el evento consistía en una pequeña charla en tierra para posteriormente subir al avión y dar una vuelta en él. En la redacción me dijeron que la vuelta sería de poco tiempo, alrededor de la pista de Madrid-Barajas. Se quedaron algo cortos…

Llega el día, una semana después de que me confirmasen que voy yo, y me dirijo a Barajas, a la T2. Allí han habilitado una sala en donde se realizará la presentación formal y desde donde saldremos para coger el avión. Una vez encuentro el lugar, me veo rodeada de altos cargos de la Policía y el Ejército, empresarios, trabajadores y colaboradores de la aerolínea, famosos y mucha prensa.

Voy al área donde estaban los responsables de prensa, me informan un poco de lo que va a suceder, me dicen que habrá declaraciones del presidente en algún momento tras la presentación, me dan el billete, la nota de prensa y me siento a esperar a que comiencen los discursos de agradecimiento.

Casi tres cuartos de hora después, comienza el acto y nos comunican que el presidente, una figura bastante mediática, está afónico y no podrá hablar; en cambio, lo hará su hija. Tomo nota de los tres ‘speeches’ que se realizan, incluido el de la descendiente, aunque no saco gran cosa de ahí. Es lo que viene en la nota de prensa y lo que sabía con anterioridad al evento.

Una vez ha terminado la pequeña presentación, los congregados nos ponemos en pie y vamos corriendo al control que han instalado para entrar a la pista de despegue porque, a pesar de toda la parafernalia de evento ‘posh’, seguimos estando en un aeropuerto. Al mismo tiempo, estoy atenta a los movimientos de los periodistas por si el máximo responsable de la aerolínea se decide finalmente a hablar. “En el avión, alguien hablará”, me comentan.

Lo siguiente que sucede guarda alguna semejanza con la escena de ‘La dolce vita’. Los periodistas salen escopetados a tomar la foto del presidente de la aerolínea, con codazos, gritos hacia los compañeros, gritos hacia el presidente, que mientras corta muy sonriente la cinta de inauguración del avión, habla con pilotos y auxiliares de vuelo, y comienza su ascensión al avión, fotos, llega hasta arriba de las escaleras, más fotos. Entra, más fotos. Y detrás, los periodistas que no nos interesa el elemento gráfico y los invitados.

Primero nos colocamos los medios, entre la clase ‘business’ y el resto de los invitados. Se trata de un avión que realiza vuelos transoceánicos, así que hay tres filas de asientos con tres butacas. A mí me asignan la butaca del centro en la fila de en medio, sin ventana, sin pasillo. Aquello me parece claustrofóbico.

Una vez sentados, nos informan de que el avión pasará por el aeropuerto de Salamanca, sobrevolará la ciudad y nos dirigiremos al pueblo del presidente, que se encuentra por la zona. Al pueblo con un avión enorme…

El siguiente paso es despegar, todo normal, como cualquier vuelo comercial, hasta que una vez en el aire, comienza a salir comida. Jamón, cava, zumo de sandía y aperitivos llenan los carritos de los azafatos mientras el presidente se levanta para dar una vuelta por el avión saludando. Muestra su entusiasmo y orgullo por el aparato que acaba de poner en el aire.

Mientras mis compañeros y yo tenemos un ojo puesto en la comida y otro en los paseos. “¿Pero va a hablar?” preguntamos. “Está afónico, no creo”, nos contestan. Así que mi acompañante y yo nos ponemos a comer y a hablar, a contarnos la vida para que, sin embargo un par de minutos después, la masa de periodistas se concentre al inicio del avión y a bocajarro asalte al presidente, afónico.

Allí que me voy, corriendo, enciendo la grabadora y estiro al máximo el brazo por encima de las dos filas de asientos. No escucho absolutamente nada, sólo su murmullo quejumbroso acompañado del ruido de los motores del avión y rezo a quien haga falta para que se graben las declaraciones en esa forma tan ortopédica que acabo de adoptar.

Parece que terminar de hablar, apago la grabadora con la intención de volver a mi posición, veo que mi acompañante, también periodista, me hace un gesto para que le deje la grabación porque no ha podido llegar al lugar de concentración, pero alguien hace otra pregunta y todos nos volvemos locos de nuevo. Esta vez mi brazo ya no alcanza, alguien ha conseguido mejor posición que yo. Aún doy gracias a una periodista que se dio cuenta de la situación y cogió mi grabadora para colocarla junto a la suya, más cerca del presidente. La verdad, me salvará porque de ahí será de donde saque la mayor parte de la información.

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