La mujer como icono sexual en la música

¿Qué supone ser una cantante, o actriz o artista, hoy en día? ¿Para triunfar hay que enseñar “carne”? ¿Sólo triunfan aquellas que aparecen en Google semidesnudas? ¿Cómo utilizan su cuerpo? ¿Están emancipadas, viven oprimidas por el capitalismo, una mezcla de ambas situaciones? ¿Por qué la percepción del desnudo cambia tanto si se habla de arte o si se habla de entretenimiento? ¿Rechazar el uso del cuerpo desnudo femenino nos convierte en moralistas? ¿Enaltecerlo, en libertinos? ¿Por qué nuestro concepto del desnudo es tan distinto al de otras épocas históricas? ¿O quizá no lo es tanto?

Leyendo en la Wikipedia la entrada sobre el desnudo, se asegura que en el Antiguo Egipto se consideraba desnudez enseñar la cabellera. En cambio, enseñar el resto del cuerpo era lo normal, con trajes de lino transparentes con los que poder aguantar el calor a orillas del Nilo. Ni qué decir tiene que el tratamiento de los desnudos no parecen tener nada que ver entre la actualidad y en las pinturas del siglo XV o XVI, cuando era considerado de dioses que mostraban sus cuerpos perfectos.

O quizá sí tenga que ver. Prácticamente hoy en día quien muestra su cuerpo son Venus y Martes renacidos, adaptados a los cánones de la época actual. Y en la música, esto ha sido así, hasta hace prácticamente unos cinco años, y además de una manera provocativa y morbosa. Pero, ¿por qué?

El cuerpo de la mujer parece que ha sido explotado por la música desde el comienzo, prácticamente, de la música pop. A finales de la década de los 60, en el mundo Occidental moderno y revolucionario, dominaban dos tipos de mujeres: la representada por Jane Birkin y Brigitte Bardot, musas del destape europeo, y, en paralelo, la que encarnaba Janis Joplin, con sus movimientos de cadera y sus letras de amor libre. Ambos modelos venían de una progresiva liberalización de la mujer y una libertad de elección que vino por factores como la comercialización de la píldora y la aparición de la chica sexy publicitaria, la pin-up, potenciada en los 50, que bailaba de manera alocada con jovencitos poco apropiados; a veces denostada, a veces convertida en modelo a seguir.

Ése fue el comienzo de la llamada “revolución sexual” de finales de los 60, que, sin embargo, no fue tan maravillosa como se ha querido pintar. En palabras de Yoko Ono, “la revolución sexual, de la que tanto se habla, fue principalmente para los tíos. Ellos hicieron ‘¡Yupi!’… Para las chicas, creo que nuestra experiencia fue muy distinta. Si no éramos complacientes, decíamos que no estábamos en la onda o cosas así”.

El sexo y la desnudez parecían comenzar a verse como algo natural, un intento por parte del movimiento “hippie” de estar conectados con la naturaleza, la libertad y la paz. Fue también un elemento de ruptura con un pasado y presente, por lo general, represor y se utilizó como un arma revolucionaria contra el sistema establecido en un mundo sin pecado concebido. Patti Smith es un ejemplo de esas mujeres dentro del mundo de la música que desafiaron los iconos de feminidad, como precisamente lo fue Birkin, y que jugaron con su sexualidad. O Nina Hagen, que era capaz de hablar directamente de cómo provocar orgasmos en una mujer.

Todo esto fue aprovechado y se integró, como tantas otras cosas, dentro del sistema capitalista. Una de las críticas tradicionales a este orden social es su capacidad para absorber todo movimiento subversivo. Hay una frase de “Los Simpsons y la filosofía” que ilustra muy bien este hecho:

En esta serie todo es objeto de risas; en el capitalismo todo está en venta.

En paralelo al movimiento punk, al que pertenecían las dos artistas mencionadas, Smith y Hagen, surgen otras figuras, que derivaban más bien del estilo juvenil y hedonista vendido por Birkin y Bardot y los “hippies”. Estas estarían bien representadas en un lugar menos reivindicativo como Studio 54. Música disco y funkie, con ejemplos como Donna Summers o Tina Turner, acompañaban las veladas de sexo y drogas en los locales de moda de aquella época.

Los videoclips fueron un paso más para fijar estereotipos y convertir, de un lado, a la mujer en un objeto al servicio de las canciones masculinas y, por el otro, para darle a la mujer la capacidad de ser ella la diva que debía ser admirada. La popularización de los videos musicales se produjo, sobre todo, con la aparición de la MTV en la época de los 80. En ellos, la presencia de la mujer era una constante, e incluso en algunos, eran realmente las protagonistas, pero en muchas ocasiones, como objetos pasivos que eran contemplados desde planos picados, o siendo espiados en sus momentos más íntimos, como en el vídeo de “The chauffeur” de Duran Duran.

En los años 80 convivieron figuras como Kim Gordon, Sinead O’Connor, Chrissie Hynde y Madonna, con una mezcla de ambas, Cyndi Lauper. Ninguna de las tres llevaba una reivindicación feminista, quizá el grito a la libertad para salir de “Girls just wanna have fun”, pero da una idea de que la cuestión del desnudo se complejizaba. De todas ellas, la que ha más ha triunfado, hay que recordar, ha sido Madonna, en un principio, estereotipo de mujer guapa, joven y sexy que se superaría en cuanto a provocación con cada trabajo. Más tarde, la acompañarán otras cantantes y bailarinas, como Paula Abdul, Samantha Fox o Sabrina Salerno, por poner un ejemplo más cercano. Para ser famosa a gran escala comenzaba a necesitarse una imagen predeterminada y enseñar ombligo o escote (o ambos).

Con los años 90, el mundo comenzó a abrirse a nuevas corrientes, a mezclar ritmos y a explorar otros continentes: en especial, los ritmos latinoamericanos se popularizaron. A Oasis, The Verve, Pearl Jam, Texas, o Courtney Cox, les acompañaban Ricky Martin o Shaggy, representando al pop latino, el reggea y al dancehall.

Estas corrientes se mantienen hoy, en versión 2.0: el reaggeton y el R&B. En general, sus letras y videoclips, son una degradación continua de la mujer a objeto de placer con el desplazamiento de sus necesidades y sus deseos a la nada.

Estos años también son los de las ‘all-female bands’, en donde los estereotipos se repartían entre cuatro o cinco chicas, y las grandes divas, como Cher, Celine Dion y Mónica Naranjo. Símbolos de mujeres, en apariencia, independientes, con personalidades fuertes y dispuestas a tener el control. También había espacio para cantantes como Alanis Morissette o Missy Elliot, que marcaban pequeñas diferencias en un mercado, por lo común, hetereogéneo, salvando los espacios underground y alternativos; ahí tenemos a PJ Harvey o D’arcy Wretzky de los Smashing Pumpkins.

Hasta la actualidad, ambos modelos han convivido en más o menos armonia. Por un lado, las artistas que reivindican su feminidad, y ahora también su feminismo, a través de la seducción y el placer de la carne, como Britney Spears, Beyoncé, Rihanna o Miley Cyrus, y por el otro, las cantantes que utilizan su cuerpo y su imagen para mostrar modelos distintos no ya de mujer, sino de persona, como son los casos de Bjork o Elly Jackson, de La Roux; incluso, Lady Gaga.

Ambos modelos, incluso tres o varios modelos, conviven en el mundo de la música. El sexo y el desnudo han sido utilizados tanto para provocar miradas como para provocar debates. La mercantilización del cuerpo es real pero también que el cuerpo es un arma de combate y una forma de expresar la independencia. Se ven  muchos más cuerpos de divas que imperfecciones en la piel de una mujer en la publicidad, pero confiemos, porque las ha habido, en que haya mujeres valientes que seguirán dispuestas a enseñar la parte no amable de una industria que nos quiere recauchutar.

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