La fantasía del nacionalismo

[…] El nacionalismo representa un dominio privilegiado de la irrupción del goce en el campo social. A fin de cuentas, la Causa nacional no es nada más que el modo en que los sujetos de una determinada comunidad étnica organizan su goce mediante mitos nacionales. Por lo tanto, lo que está en juego en la tensión étnica es siempre la posesión de la Cosa nacional. Siempre le achacamos al “otro” un goce excesivo, quiere robarse nuestro goce (arruinando nuestro estilo de vida) y/o tiene acceso a algún goce perverso y secreto.

Debido al inicio de la tertulia de filosofía en la librería La Fugitiva, leí hace unos meses el libro El acoso de las fantasías, de Slavoj Zizek (Editorial Siglo XXI, 2010), sin fijarme demasiado en que se iba a adaptar tan bien a la actual coyuntura política en España y Cataluña.

El tema del nacionalismo siempre me ha resultado algo escabroso y polarizado, en donde apenas han tenido cabida terceras, cuartas o quintas opciones. Recuerdo únicamente las críticas exaltadas de Manuel Cruz y su apuesta intermedia por un Estado federal —ni pa’ti, ni pa’mí—, la postura más cercana a mi forma de pensar. Aunque tampoco estoy cerrada a otras, ¿por qué no escucharlas todas?

En este caminar por lo “intermedio”, por ello, no estoy ni del lado del nacionalismo catalán ni del nacionalismo español. Creo que los catalanes y todos los españoles tenemos derecho a decidir sobre nuestra forma de Estado. El problema es que los discursos nacionalistas de ambas partes, o independencia o unión, están simplificados y polarizados. El eterno “o conmigo o contra mí”.

Por eso, el análisis de Zizek sobre la “Cosa nacional” me ha parecido muy interesante. Huelga decir que su disertación se basa en los conceptos psicoanalíticos, sobre todo de Lacan.

Así, habla de que se produce una sensación de “castración” del goce, algo que el “Otro” nos quita, nos roba, eso que es nuestro y que se ve amenazado por ese Otro que es distinto a nosotros pero que, sin embargo, tiene una distinta manera de experimentar el goce. Sí, es completamente paradójico. Ellos no son nosotros, no pueden disfrutar y ser como nosotros, pero a la vez nos amenaza con cambiarnos y quitarnos lo que es nuestro, aunque sepamos que nunca vamos a poder alcanzarlo.

Si se nos pregunta cómo podemos reconocer su presencia, la única respuesta consistente es que la Cosa  [Nacional] está presente en esa elusiva entidad que llamamos “nuestro estilo de vida”. Todo lo que podemos hacer es enumerar fragmentos inconexos del modo en que nuestra comunidad organiza sus celebraciones, sus rituales de apareamiento, sus ceremonias de iniciación… en pocas palabras, todos los detalles que evidencian el modo único en que una comunidad “organiza su goce”.

A esto se añade el sentimiento de pertenencia a un grupo. “La Cosa nacional existe en tanto que los miembros de la comunidad crean en ella, es literalmente un producto de la creencia en ella misma”. En este punto, he de señalar que el libro estudia la formación de la fantasía y cómo ésta sustenta algunos conceptos normales en nuestra sociedad, como la ideología, el fetichismo, la autoridad y, en este caso, el nacionalismo.

De este modo, para Zizek, las ideas estarían sustentadas en fantasmas creados por el antagonismo y la lejanía de las comunidades étnicamente diferentes.

Desde luego, lo que desencadena esta lógica del “robo del goce” no es la realidad social inmediata de diversas comunidades étnicas conviviendo cercanamente, sino “el antagonismo inherente a estas comunidades”. Es posible tener innumerables comunidades étnicas viviendo unas con otras sin tensiones racionales (como los amish y las comunidades que los rodean en Pennsylvania); por otro lado, no hace falta un judío “real” para imputarles algún goce misterioso que nos amenaza (es un hecho bien conocido que en la Alemania nazi, el antisemitismo era más feroz en las regiones en las cuales casi no había población judía; en la actual ex Alemania del Este, el número de los cabeza-rapadas antisemitas supera al de los judíos por diez a uno). En nuestra percepción del judío “real” siempre media una estructura simbólico-ideológica que intenta contrarrestar el antagonismo social.

El último elemento para completar la fantasía sería la “falta”. Según el filósofo, por detrás de esa acusación al Otro, estaría la falta del goce, la falta de aquello que nunca hemos tenido pero que podríamos tener —y es el Otro quien nos puede privar de tenerlo—.

Lo que ocultamos, al culpar al Otro del robo de nuestro goce es el hecho traumático de que nunca poseímos lo que supuestamente nos ha sido robado: la falta (“castración”) es originaria, el goce se constituye a sí mismo como “robado”.

 

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