“Hemos establecido ese Contacto”

2015-09-17 13.27.13

Hace una semana, cogí de la biblioteca Solaris (Impedimenta, 2011) de Stanlislaw Lem, cuya lectura estoy compaginando con otros libros y cómics.

Nunca he sido muy de ciencia ficción, la verdad. Hace un par de años creo que leí uno de mis primeros libros, La insólita reunión de los nueve Ricardo Zacarías (Aristas Martínez, 2013). Anteriormente, no recuerdo ninguno, pero mi memoria a veces no da para mucho.

Así que, estoy prácticamente “pez” en ciencia ficción. Sin embargo, últimamente no me apetece leer novelas sesudas, en las que los protagonistas sufren por sus terribles pensamientos y acontecimientos porque no son capaces de avanzar con sus vidas debido, en la mayoría de los casos, por su propia ineptitud. Que, eh, a todos nos pasa. Pero ya bastante tengo en mi vida como para leer sobre cómo la viven los demás. No.

Así que, desde agosto estoy leyendo novela negra (Conan Doyle, Camilleri), cómics (Fábula) y periodismo (Enric González y sus preciosas Historias de Roma).

Hacía poco que había oído hablar de la película homónima de Tarkovsky y vi el libro. Fue algo rápido, sin pensarlo. Lo cogí. Sin más. Además, me confundí durante unos segundos, con el libro de Raymond Roussel, Locus Solus. Pero no. Afortunadamente la elección ha sido buena.

Ha sido buena porque no puedo parar de leer el libro, a pesar de que en un principio, estaba totalmente desorientada. No entendía, y a veces sigo sin entender del todo, algunas descripciones de ese paisaje intergalático creado por Lem. Me pierdo entre pasillos de la Estación Solaris e información científica, pero salvando todo eso, el libro consigue transmitir lo que quiere: idiotez humana, miedo, curiosidad.

Hay una misión espacial en un planeta que tiene dos soles y está compuesto por una gran masa plasmática rojiza que parece un océano pero que tiene vida propia. Puede crear cosas, reproducir objetos humanos —hasta que “se aburre” de ello— y su inteligencia parece mayor que la nuestra, que la del ser humano. Una especie de extraterrestre sin forma humana, sin una manera de acercarnos a ella e interactuar, al menos a priori.

No obstante, en cierto punto, en la estación, empiezan a suceder cosas extrañas. Aparecen seres humanos de la nada o resucitan, después de que en la Tierra se hayan muerto o suicidado. Pero no son ellos, no son seres humanos de verdad, son seres que reproducen la imagen que de ellos tienen los habitantes de la estación. Reproducen los miedos e inseguridades que, con respecto a ellos, tienen los tres científicos que habitan en ella.

Entonces, uno de ellos, en el libro, lo dice: “¡Lo tenemos, hemos establecido ese Contacto! Nuestra propia fealdad, aumentada como bajo un microscopio, nuestra necesidad y nuestra vergüenza”. Ese contacto que los seres humanos habían intentado con máquinas, cálculos, misiones espaciales. Un contacto basado en petarnos el cerebro y descontrolarnos. Como si fuese una especie de dios.

Da mucho miedo, pero la idea me parece genial. Y este no es el final del libro.

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