Grecia y la democracia

Traducción de un artículo de Umberto Curi, publicado en la edición del Corriere della Sera del 13 de julio de 2015. 

El referedum celebrado en Grecia el domingo 5 de julio ha relanzado uno de los más prohibidos, a la vez que infundados, lugares comunes, que da crédito a la idea de que Grecia es la “patria de la democracia”, en la acepción moderna de la palabra. En nombre de esta paternidad, un buen número de políticos italianos, tanto de derechas como de izquierdas, ha visto en esta consulta popular una luminosa afirmación de la bondad del sistema democrático, el único capaz de garantizar el objetivo político entre todos y, para todos, el más deseable. Y la Grecia del Sí o del No al euro habría confirmado ser la cuna de la forma de gobierno que aún hoy sigue siendo la mejor en comparación con el resto.

El término demokratía comienza a circular alrededor de finales del siglo VI a.C. con una acepción, sobre todo, despreciativa, tal y como se comprueba analizando los componentes de la palabra. Por un lado, krátos no significa poder —como suele entenderse— sino que se refiere, más bien, a la forma de poder que emana de, y se funda en, en el uso de la fuerza. Igualmente, el término démos se adopta para nombrar, no a la totalidad de la población, sino aquella que cumple con una serie de requisitos. Las apariciones de démos como sinónimo de un régimen popular, es decir, de democracia, son poquísimas y se encuentran concentradas en el célebre debate sobre las constituciones, desarrolladas en la mitad del siglo V a.C.

Los otros testimonios sobre la palabra démos se presentan, sustancialmente, como valoraciones negativas de la democracia, expresadas casi siempre por sus detractores, que sostenían que esta forma de gobierno privilegiaba a los —muchos— malos frente a los pocos —buenos—, o que pretendía que un gobernador fuese una multitud indistinta, frente a un gobierno de los aristoi, los mejores.

Por tanto, dentro de la extrema variabilidad de los significados, por un lado demokratía indica el dominio coercitivo, ejercido por la fuerza, de aquella parte del pueblo, que es el démos —con la drástica exclusión de las mujeres—, mientras que, por otra parte, se acentúa el componente cuantitativamente, pero no cualititativamente, más significativo del pueblo.

Solamente a la luz de estas básicas consideraciones de carácter lingüístico, se puede entender, no sólo la durísima crítica antidemocrática del anómimo autor del folleto La constitución de los atenienses, sino también la actitud tomada por los dos mayores filósofos de la antigüedad clásica en sus críticas contra la demokratía, como es la idea de Platón, según el cual más que una forma definida de gobierno, se trata de un “supermercado de las constituciones” en el que conviven, sin un principio de organización, formas políticas diversas. Más sosegada, aunque no menos intransigente, es la condena de Aristóteles, que la califica de la peor entre las buenas formas de gobierno.

Por otra parte, […] asumiendo como referencia el reciente referendum, ¿estamos seguros de que esto representa, como les gustaría a las legiones de defensores de la democracia directa, el testimonio más convincente de la “bondad” de esta forma de gobierno? ¿De verdad se puede creer que el Sí o el No constituyen una respuesta adecuada a las excelentes cuestiones planteadas? ¿En qué límites podemos considerar que están comprimidas las muchas páginas de las propuestas en torno a las cuales el pueblo griego ha sido llamado a pronunciarse?

¿No es más verdad que la ocasión refendaria ha hecho emerger con fuerza la desproporción abismal entre las competencias técnicas necesarias para tener una posición racional, y no meramente emotiva, y la “calidad” de las respuestas comprendidas en la alternativa Sí-No? En resumen, si de verdad se tiene la intención de tomar como modelo de democracia lo que ha ocurrido en Grecia, se puede entender por qué aquel país no ha sido la cuna de la democracia, sino el vientre que ha dado a luz a la crítica más fuerte y argumentada de la idea misma del autogobierno del pueblo.

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