“No tengáis miedo a tener un corazón”


“Non avere paura di avere un cuore”.

Si en una entrada anterior declaraba no entender esa exaltación de la contemporaneidad de Pasolini, ahora tengo que retractarme y proclamarlo: Sí, creo que PPP se dio cuenta de ciertos aspectos de la sociedad de consumo, latentes y pocas veces valorados por nosotros hoy en día.

Es cierto que hay filósofos y sociólogos, como Elias Canetti o Edgar Morin, que analizan la sociedad de masa y de consumo, no antes que Pasolini pero sí de una manera más profunda. Aunque el suizo se queda en un estadio anterior al desarrollo de la sociedad de consumo como tal, justo después de la Segunda Guerra Mundial (es decir, no sobrepasa la etapa que PPP llama “clericalfascista”) no sólo realiza un repaso de la sociedad de masas desde casi el comienzo de la historia Occidental, sino antes: desde la configuración de la religión católica o desde el comportamiento de las tribus, enlazando el análisis de la sociedad de masa a elementos primarios que han sido manipulados desde el principio de los tiempos, como el miedo, la estima o la emoción.

Por su parte, Morin realiza un análisis de la sociedad de consumo y sus mecanismos de la manera más objetiva posible, alejándose de la crítica despiadada de la Escuela de Frankfurt (por ello precisamente recomiendo leer su libro El espíritu del tiempo).

Ha sido su serie de artículos sobre el aborto, sobre su legalización o no en la Italia de mediados de los 70, la que me ha hecho darme cuenta de que sus ideas pueden ser realmente aplicables a nuestra época. Y no sólo desde el punto de vista de la relación entre feminismo y aborto, que en parte también, sino sobre su respuesta a las críticas que se le hicieron por defender una postura en contra del aborto, sorprendente para alguien militante de izquierdas, progresista e intelectual en esos años.

A modo de resumen de su planteamiento, PPP no estaba en contra de la legislación y legalización del aborto:

El ámbito en el que debe insertarse el aborto es precisamente el ecológico: es la tragedia demográfica que, en un horizonte ecológico, se presenta como la amenaza más grave para la supervivencia de la humanidad. En este ámbito la figura —ética y legal— del aborto cambia de forma y naturaleza y, en cierto modo, puede justificarse una forma de legalización. Si los legisladores no llegaran siempre con retraso y no hicieran oídos tristemente sordos a la imaginación para seguir fieles a su sentido común y a su abstracción pragmática, podrían resolver todo englobando el delito del aborto en otro más amplio, la eutanasia, y privilegiándolo con una serie de “atenuantes” de carácter ecológico con lo que no dejaría de ser formalmente un delito ni de presentarse como tal ante la conciencia.

Estaba en contra de la naturalización del coito heterosexual, de la ligereza y banalización que podía suponer la liberalización sexual, tan en auge en aquella época; en contra de la pérdida de conciencia a la hora de mantener relaciones sexuales y abortar, sin sentir responsabilidad ni culpa.

Los que verdaderamente cuentan son los problemas del coito, no los del aborto. El aborto me remite oscuramente a la naturaleza ofensiva con la cual es sentido en general el coito. Semejante ofensiva naturaleza convierte tan ontológico al coito que lo anula. La mujer parece encontrarse encinta como si hubiese bebido un vaso de agua.

En general, y no sólo en el asunto del aborto, Pasolini aboga por intentar mantener una conciencia total de nuestros actos, de lo que nos jugamos día a día, minuto a minuto, al seguir los dictados de la sociedad de consumo.

¿Qué es lo que permite la sociedad permisiva? Permite la proliferación de la pareja heterosexual. Y está muy bien. Pero hay que ver cómo se lleva a cabo en concreto. Se lleva a cabo en función del hedonismo consumista (…), lo que acentúa al máximo el momento social del coito. Además impone su obligación: el que no está emparejado no es un hombre moderno, lo mismo que el que no bebe Petrus o Cynar.

Ese es el gran mensaje que Pasolini aún puede transmitirnos hoy en día. Que todo, absolutamente todo, hoy en día es de usar y tirar, por tanto, falso y sin compromiso ni responsabilidad: ya sea un cepillo de dientes o la vida, ya sea la ropa o los sentimientos, lo bello y lo profundo, la tragedia. A eso es a lo que nos ha llevado la sociedad de consumo, a que todo sea mercantilizable y olvidable.

En este sentido, además, lo bueno que tiene Pasolini es que no es moralizante. Es racional y sincero; espera, incluso, que alguien le saque de su error (“Finalmente, en cuanto a mi opinión, no espero nada más que se me convenza de que es equivocada”).

Él comprende. Entiende todo aquello que pasa a su alrededor y por qué ocurre, pero eso no significa que deje de criticar y revolverse contra el “Poder” consumista, totalizador, normalizador y que busca la homogeneidad por encima de todo, incluso si conlleva una “cazas de brujas” contra lo distinto o lo socialmente no aceptado dentro de una masa homogeneizada.

No hay anticonformismo que la justifique: y quien no posea más anticonformismo que el de ser un partidario fanático del aborto por cierto que está abrumado e irritado por ello. Y entonces recurre a los métodos más arcaicos para liberarse del adversario que lo priva del placer de sentirse desprejuiciado y a la vanguardia. Estos métodos arcaicos son por supuesto los infames de la “caza de brujas”: instigación al linchamiento, redacción de listas de condenados, la proposición al desprecio público.

Esta “caza de brujas”, prosigue Pasolini, “es típica de las culturas intolerantes, es decir, clérico-fascistas”. No obstante, la sociedad italiana de aquella época, la de esta época, y la sociedad occidental en general “es consumista y permisiva”.

El hecho de que en ella pueda desencadenarse una campaña persecutoria con arcaicas características clérico-fascistas, contradeciría esta afirmación mía. Pero se trata de una contradicción sólo aparante”.

En este punto, Pasolini ataca de frente al consumismo que, a pesar de su aparante permisividad, “no es, por otra parte, más que una nueva forma totalitaria en cuanto es totalizante, en cuanto alienante hasta el límite extremo de la degradación antropológica y el genocidio (Marx)”. Por ello, considera que esta permisividad “es falsa: es la máscara de la peor represión nunca ejercida por el poder sobre las masas de ciudadanos”.

En efecto (es el parlamento de uno de los protagonistas de mi próximo film, extraído de Sade y ambientado en la República de Saló): “En una sociedad donde todo está prohibido se puede hacer todo: en una sociedad donde está permitido algo, se puede hacer solamente ese algo”.

Con todo esto pienso en aquellos discursos que son automáticamente silenciados por considerarse una voz disidente; en todos aquellos ataques entre bandos, entre partidos, entre partes de la sociedad, a fin de hacer sentir inferiores a aquellos que no están de acuerdo con lo que cada uno opina, que se rasgan las vestiduras y dirigen su mirada y sus palabras al ataque sobre la persona, sin pararse a exponer, explicar y escuchar todas las opciones, incluso aquellas que puedan considerarse disparatadas o que atentan contra la vida humana. Una cosa es decirla y pensarla; otra, llevarla a cabo.

Entiendo que hoy en día esto es difícil; a mí también me cuesta. Cada uno, muchas veces, observamos nuestras creencias del mundo de manera totalmente lógica, pero desafortunadamente la vida humana tiene multitud de posibilidades. Si tenemos libertad de expresión es para lo bueno y para lo malo. Y eso no significa que se deje de criticar y buscar la forma de mejorar la sociedad. Sólo se podrá hacer, eso sí, entre todos.


Todos los textos aquí citados de Pasolini pertenece a “Escritos corsarios”.

Recomiendo, asimismo, la lectura de este artículo sobre el aborto y una posición distinta a los típicos argumentos en contra y a favor del aborto : 

http://www.diariodesevilla.es/article/opinion/1205945/gallardon/y/pasolini.html

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