Mediolanum

Cansada del ritmo de una ciudad caracterizada por su tiempo dedicado al trabajo, a la poca distracción, a la poca tranquilidad de andar por unas calles semi-vacías, busco a alguien que me ayude a adentrarme en otra Milán, que me lleve por sitios que nadie conozca o que sean poco frecuentes, que se alejen de las guías turísticas. En defintiva, que no haya gente, que pase desapercibido.

Es difícil encontrar lugares así en una ciudad, en un país, dominados por la venta al turismo, sacando hasta el polvo de donde no hay ni una piedra. Esa impresión me dio al entrar en la iglesia de San Nazaro, al primer lugar al que me lleva mi acompañante, Marco, un italiano de Carrara, en la Toscana, pero que lleva siete años en Milán. Orientada al turista, con una entrada moderna rodeada de carteles con itinerarios arqueológicos (gratuitos, aunque nunca desprecian una voluntad) por el Milán romano y medieval.

—Ah, pero ¿Milán tiene ruinas romanas? —. En algún reportaje sobre personas que viven fuera de España había oído que Milán era una ciudad que derribaba lo antiguo para construir lo más moderno (tirando de memoria, quizá no sean las palabras exactas). Me sorprendió que aún hubiera ruinas romanas.

—Sí, fue capital del Imperio Romano entre los siglos III y V después de Cristo. Pero algunas ruinas están debajo de los edificios, como por ejemplo en la Piazza degli Affari, en donde ahora está la Bolsa de Milán, en el Palazzo Mezzanotte. Debajo hay un teatro romano y lo único que puede hacer intuir esas ruinas es una placa.

—Esa plaza es difícil de encontrar, aunque esté tan cerca del Duomo y de la Piazza Cordusio. Y la placa, ¿dónde está?

—Está en un lateral, al comienzo de la Via San Vittore al Teatro

—¿Y hay más ruinas?

—Sí, hay ruinas cerca del museo arqueológico, un palacio y el circo. Hay otras más conocidas, como la iglesia de San Lorenzo y las columnas, que fueron movidas en el siglo IV a donde está ahora, la zona conocida como ‘Le colonne’. Pero quizá el Palazzo Imperiale es lo menos conocido.

Marco, de veintisiete años y con un inicio de carrera como director de documentales —o de lo que le echen, como acabará por confesar—, me lleva por las calles, por detrás de la Via Dante, por la Piazza Borromeo, Via Brisa, y me doy cuenta de que me está perdiendo por el antiguo Mediolanum, nombre que recibía Milán en época romana. Justamente en Via Brisa encuentro el Palazzo Imperiale y en frente el circo.

—Si te fijas, este sitio no sale señalado en tu mapa. —Es cierto y procedo a dejarlo yo señalado.

Después de señalarme algunos lugares más, como la Basílica de San Ambrosio (Sant’ Ambrogio), Largo Carrobbio, en donde hay un restaurante (Pan e Vino) con una torre romana en una de sus paredes, o el Parco delle Basiliche, en donde hay restos de un anfiteatro, decide seguir mareándome, porque realmente pierdo el horizonte, dejo de saber qué es el norte y qué es el sur, y me da un paseo de una hora por vías grandes, pobladas de gente y tráfico. Pero aún así, se ven conventos reconvertidos, grandes balcones, imponentes puertas, ‘cortili’, o patios, con fuentes, jardines y buenos coches aparcados alrededor.

Vamos girando, sin entrar en ninguna calle perpendicular. Mi acompañante sabe bien adonde quiere ir y seguimos caminando, me señala los sitios y me comenta que Milán es una ciudad de contrastes; de lo más lujoso a lo más pobre hay dos pasos, de lo minimalista a lo más exuberante, una ventana, de lo más antiguo a lo más nuevo, una tienda. Que lo más interesante se esconde detrás, en la parte del silencio y lo estrecho, las calles que unen el círculo que constituye la ciudad como los radios de una bicicleta. Una portada en Via della signora; la casa en donde nació uno de los escritores italianos más famosos, Alessandro Manzoni en la Piazza Belgioioso, un placa de piedra que recuerda en donde vivió Mozart en la vía de San Marco, o las ironías del Corso Porta Ticinese. Me lleva casi de la mano, a rastras, porque su ritmo es rápido, seguro. Veo que pasamos por la parada de Crocetta y enfilamos corso Porta Romana, y a veces parece siempre lo mismo. Negocios, tiendas, casas, pero no, esta parte de la ciudad es menos agobiante, más espaciosa. El sol consigue pasar entre los edificios y un arco se abre ante nuestros ojos.

—Tenía que enseñarte los restos que quedan del dominio español. La Porta Romana y esas murallas —señala hacia la derecha; detrás de unas verjas, están unos arcos— son construcciones del siglo XVI, cuando Milán pasó a manos de Carlos V. Ha habido murallas desde los romanos y estas fueron realizadas para reforzar las que estaban. Quedan pocos restos, aquí, en algunos parques de Via Monte Nero —me señala una calle a la izquierda de la Porta Romana— y la parte más visible está en Viale Filippetti, que se extiende hasta llegar a la Piazzale XXIV di Maggio —apunta hacia la avenida más a la derecha de Corso Porta Romana.

Después de pasear y de sentarnos en un parque detrás de las murallas, nos dirigimos hacia el metro. Me comenta que ahora quiere enseñarme otra parte, bastante más alejada, a pesar de que podríamos ir andando, volver a cruzarnos la ciudad y pasar por la calle más estrecha de Milán (via Bagnera), ver un mosaico en el suelo en Via Morigi, dentro de un portal de viviendas, o buscar por las paredes de la Via dei Mercanti a la jabalí semilanuda (la scrofa semilanuta), símbolo de la ciudad.

Sin embargo, viajamos hasta Turati, límite del barrio de Brera, y esta vez habrá que caminar poco hasta llegar a la Via San Marco. Pronto, caminando hacia Bastioni di Porta Nuova, llama la atención la vegetación, la especie de jardín hundido que hay adyacente a la calle. Los restos de los Navigli, los canales para el río que cruza la ciudad, aún persisten por algunas zonas, como el Naviglio Grande, situado en Porta Genova y la parte más famosa por ser además una de las áreas de la movida milanesa.

—Esta parte se llama Ponte delle Gabelle. En el siglo 1967 fue declarada “obra monumental”. Casi todos los canales de Milán acabaron por ser enterrados por motivos de higiene y de viabilidad. Y allí, más adelante está La Conca delle Gabelle o dell’Incoronata. Por lo que sé, los ciudadanos de Milán votaron hace un par de años para que se recuperaran los restos de Navigli que quedaban por la ciudad, pero viendo el aspecto de esta zona, el ayuntamiento aún no se ha puesto a ello…

El frío, a pesar de ser las seis de la tarde, se hace notar en los huesos y nosotros decidimos acabar este ‘percorso’ por Milán, sabiendo que aún quedan muchas cosas por ver, afortunadamente. Antes, Marco me da un consejo. Hay que estar atento, pasamos rápidos, pero siempre hay elementos que desmontan del paisaje urbano, cosas que saltan al observador, con mirada inquieta y perspicaz. Ese Milán, el vacío, el oculto, es el que buscaba.

Este artículo se publicó en InfoActualidad, diario on-line de la Universidad Complutense de Madrid, en abril de 2013.

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